lunes 16 de febrero de 2009

crítica al "no-libro" Yo y el Estado

Versos de Administración Pública




Nunca logró convencerme mucho The Wall de Pink Floyd, siempre encontré que tanto el disco como la cinta era una obra en extremo densa y conceptual, y quedó, menos mal, sólo como un fetiche de personas con puestos en la feria artesanal o estudiantes universitarios consumidores compulsivos de marihuana, además de relleno de parrilla de radios de rock clásico para el derrotado adulto joven. Sin embargo, hay una escena de la película, por ende, una canción, que pasó a la posteridad inmediata: Another Brick in the Wall. Más allá de la frase de “maestro, deje a los niños en paz / al final usted no es nada más que un ladrillo en la muralla”, me impactó desde la infancia, momento en que lo vi en algún programa como Más Música con Andrea Tessa, supongo, su video y la máquina de moler carne -humana y prepúber- que simboliza al Estado que aparece hacia el final. Es una obviedad, claro. Y escribo Estado porque indefectiblemente la Educación, leit motiv del tema de Pink Floyd, no es más que la cara (im)palpable del autoritarismo liberal. Su blanco son los niños, su meta, ciudadanos desamparados de cualquier carga ideológica y dependientes de ese Estado conformado por la soberanía y el empresariado, propios de las sociedades posindustriales.

Es éste el primer nexo que establezco a la hora de enfrentarme a las páginas (¿virtuales?) de “Yo y el Estado” de Pablo Díaz, psicólogo, otrora editor y reportero de la revista valparadisíaca Ciudad Invisible, crítico de libros, estudioso de las organizaciones socioculturales, ácido opinólogo del acontecer universal y secreto ejecutor de poesía, hasta ahora. El Estado, desde su propio título aparece en estos poemas, como un ente vigilante, que acompaña cada paso que se da, un fiscalizador agudo que domestica y recluta funcionarios con el fin de no sólo hegemonizar su discurso, sino que además de anular cualquier voz desafinada. Eso, bien lo sabemos no sólo los empleados dependientes del Estado, o en su defecto, su cara más tenebrosa: la municipal; sino que todo aquel que se haga partícipe de este sistema ya no gubernamental sino de cultura de occidente. Su título además antecede al término Estado, el Yo (Yo y el Estado), contradiciendo las formalidades fascistoides gramaticales que nos impusieron en la escuela y que El Chavo del Ocho peregrinó con su “el burro por delante”; y aclarando que la voz de estos textos asume su servidumbre pero no se mimetiza con el aparato para el cual trabaja, fundiéndose en un solo organismo. Es un Yo derrotado, que si bien no comparte, asume la imposibilidad de negarse a formar parte de la máquina moledora.

Si Pablo Díaz tuviera ocho o nueve años menos, sin cuestionamientos graves podría pensarse que una figura como la suya acomodaría peregrinamente en la llamada generación novísima de la poesía chilensis, pero sería uno de los pocos que ocuparía metafóricamente a los niños no con fijación sexual, sino más bien para evidenciar ciertos mecanismos de control autoritario estatal sobre una sociedad aletargada e indefensa, como niños o en un ejemplo más salvaje: niños en riesgo social, o pequeños patos malos, infantes lanzas y micro choros encanados en dependencias del Sename. Simbología en su estado más puro. Este detalle, el de los niños problema y su localización en el discurso político - poético, anularía completamente la teoría del comienzo de este párrafo, independientemente de que Díaz ya tenga treinta o cuarenta años. No quiero que se llegue a interpretar que el tono de su poesía es juvenil, es más, su claro dejo de conformidad y hastío evidencian el camino avanzado de un ex adolescente ex rabioso y ex ortodoxo, y aunque exista cierta analogía en el tono con algunos ejemplos de la novísima más política, dista de ésta al perder su impostación por un relato profundamente más honesto, menos rococó e incluso peligroso.

Los ejes discursivos de estos textos son mucho más cercanos a la poética de la generación de los ochentas, la generación NN, aquella que se ensambló durante la denominada dictablanda, en palabras del dictador Augusto Pinochet. Sin embargo, no se entrampa en el juego de repetir discursos oxidados y terminan, estos poemas, transformándose en objetos insertos en nuestra realidad concertacionista: un estado vigilado y un Estado vigilante. Sin caer en postales, ni en discursos forzados de ningún tipo.

La única resistencia tangible aparece ya en la segunda parte de este volumen: Incendios Pinochetistas. Esta es la resistencia de la provincia, o el concepto de región (organización geo - económica de la nación imaginada e impulsada por el fallecido Pinochet). En ellas Díaz se somete a las regresiones emotivas para representarnos, desde la infancia, imágenes de un Quilpué olvidado e intervenido, un pasado que se funde con sentimentalismo pero a la vez espejo de un fracaso actual, de un Chile que nunca dejó de ser la sombra terrible de lo que se intuía secretamente.

Daniel Hidalgo

sábado 27 de septiembre de 2008

Yo y el Estado

Yo y el Estado hacemos lo nuestro en un lugar deslumbrante

una catástrofe

demasiado lenta,

pormenorizada

y camaleónica.


Yo y el Estado

trabajamos a los niños

los trabajamos


no trabajamos a las abuelas con la cara torcida

psicoseada

desconcertada

hemipléjica paridora de generaciones

lavandera bruta dale que dale sobre la espalda de la historia que es la espalda de la nada

no trabajamos tampoco la neblina fría y alcoholizada que avanza entre los pasajes que dejan las empalizadas de palos

los fogonazos azulados de los televisores en la quebrada hedionda y nativa

trabajamos a los niños no las garrapatas

trabajamos y no trabajamos mientras los pendejos apalean panales

descubren cadáveres en el cerro

y montan caballos estupefactos y raquíticos.




Yo y el Estado, eso sí, cada día trabajamos menos

O trabajamos lo mismo pero ya sin asomarnos al abismo


los basurales absolutos






Yo y el Estado hemos sido quebrados en el interrogatorio

¡No sabemos cuánto!

Me dice El Estado con tonito seductor o con tonito compungido

Lo cierto es que -continúa-

Hemos obtenido una vida radicalizada


La mejor flor de la estación





Yo y el Estado

Entablamos relaciones

Curiosamente personales

Con niños infractores del orden establecido


Somos los tíos de los cabros culiaos

Los adolescentes en riesgo


Terrible de VIVOS

Ay!

Los niños vulnerados


Angelitos endurecidos

De esa forma perversa

En que lo son las costras

Los goterones de savia

De los troncos heridos

Con cuchillas de monstruoso y siútico amor


yo y el Estado

nos damos cuenta eso sí

lo percibimos telúricamente

no somos extraterrestres

el Estado es raro, qué duda cabe

pero repito

nos damos cuenta


estamos con la mierda hasta el cuello





El Estado y los niños

son y no son lo mismo

una obscenidad por donde se la mire

Un desplazamiento fantástico y carnavalesco de sustancia humana

Un giro humorístico de lo peor

Por decir una brutalidad,

Por decir algo que se interne en la beatífica banalidad


El Estado y los niños

nutricionalmente hablando

Equivalen a una imperturbable caja de huevos


Pero los niños no han sido quebrados en interrogatorio alguno

Les han dado con todo

Pero no saben delatar

Ni siquiera a sus progenitores


¡Niño! ¡No se chupe los dedos caramba!





vidriosos se pudren los padres y los abuelos

los hermanos encapuchados en la luz teatral del alumbrado público.


Los perros en cambio se desintegran en miles de pétalos iridiscentes

perros miserables superpuestos a la miseria


Un Estado de cosas en el aire


Un montaje






Yo y el Estado

Somos el horizonte y el porvenir devastados

una línea terminal de fuego y noche

donde se cofunden las pesadillas

del cielo y de la tierra






El Estado evacúa

al oído compartimentado

del ascensorista de la mole estatal

la orden trastocada

de la Oficina ministerial


la metropolitana

la chica y la más chica

la huacha

la bastarda

y la dura


De hacer bien las cosas

De hacer bien las cosas

De hacer bien las cosas


La política pública no encierra grandes misterios

El tiempo claro

Maricón delirante revolucionario

En cambio las intenciones

Circulares

De la oligarquía cascabelean en las aulas entumecidas por el sol de la mañana


Las metas son razonables

Los niños serán razonables

Los padres deberán tener la casa razonablemente limpia


Todas la camas hechas

otorga el puntaje necesario.


Antes de que el gallo cante tres veces

Los profesionales estarán merodeando por el barrio.










¿Qué es el mal?

Huachos culiaos


¿Qué es el mal?

Maracas flojas


¿gastronomía o electricidad?









No hay víctimas que se acumulen

en la fosa de la historia

sólo violencia in situ

sistemático frenesí

totalmente equipado


los victimarios estamos actuando








Que salga el mal


Que salga el mal


Que entre el bien


Como entró Jesús


A Jerusalén


Luego comenzaremos a bostezar y el mareo hará presa de nosotros

El niño no entenderá nada y tal vez se asuste

Tal vez no

La mano debe abarcar el cuerpo del angelito como un latigazo










A los niños obliga

La leche deshidratada

La vacuna bestial


De las madres

El turno

La ficha

La banquita de madera


De las masas escalofriantes en su número policial

el látex incorruptible

la mensual


De la salud pública

El deseo pediculoso

La puntita

La putita

El moquillo de los moquillentos


De los no deseados

La meta

La epidemia

La bonificación funcionaria vital






No mire al niño demasiado

No lo siente en sus rodillas

No lo bese en la boca

No toque sus genitales

Aunque sea con el más suave Confort


No le haga cosquillas

No le limpie el ombligo

No le rasque la espalda

No lo acaricie en sus partes más sensibles


No se acueste con el enemigo








Oféndalo

compárelo maliciosamente

péguele de vez en cuando

abandónelo

rechácelo

enciérrelo

arrójelo a la oscuridad

prohíbale la amistad

el cariño de los suyos


neutralice el carisma incomparable del pequeño dios









Está flaca la cabra señor juez

Llena de cicatrices la perrita

Catorce por cada añito de cachondeo

Demasiado linda para ser tan choriza

La pobreza es machista usía

La joven ha sido desalmada


Es todo cuanto podemos informar.











A pesar de las prácticas

de tortura y aniquilamiento,

físicas y morales,

perpetradas

por todos y cada uno

de los adultos significativos

del núcleo familiar



Los niños cantan choros en la pichanga interminable










Niña de Matadero


lauchita

piojenta

obscena muñequita entre filosos dedos transeúntes

lluviosa

viciosa

roída

detrás de los quioscos

arrasada en el sombrío laberinto de los estacionamientos


niña

Nos perderemos


Acumulándote en la cabellera tiesa

En los pies congelados

En las uñas duras y ajenas

Nos perderemos


Los papitos de la calle


Acumulándote miseria

nos perderemos



















Nunca se sabe


No tuviste visita

Nadie te vino a ver


No tienes calsones

no tienes toallas higiénicas

no tienes shampú


El frío del patio te cala los huesos y percibes o crees percibir un olor asqueroso que sale de tus pies


Las piezas del módulo están cerradas así que te cortas en el baño

Primero los brazos

Después piden las piernas


No puedes parar sino hasta que tu mano pierde fuerza y el cuchillo recupera su miseria en las baldosas encharcadas


El odio se aburre

La tristeza reemplaza el aire

Y revientas blandamente


El domingo tal vez la puta culiá de tu mamá venga a verte


Nunca se sabe
















Los más hermosos


perdidos siempre estarán los educados niños,

los niños admirados,

los más hermosos niños del profesor,

angelitos accidentados, embarrados,

figuritas rotas sobre el mantel

los buenos niños envilecidos

deseados niños

perdidos estarán

asustados en las calles

confiando al atardecer

recordando al atardecer

la mejor aventura del block

las nueces y los higos de la abuela

los ciruelos en flor y un perro simpático

que cualquier día soleado desapareció
























Un rotweiller bajo la lluvia


un rotweiller bajo la lluvia

un jardincito encementado para ubicar los cuerpos

dos televisores negros en dos habitaciones blanqueadas

dos niños crepusculares con la lengua verde o roja

una calle trastocada en economía de guerra

un gomero

un cielo de cartulina para los hombres semioscuros






































Dedicatoria


Se arrugan las pantys de esa señora en los tobillos

Podría ser el candoroso gesto de una época


Algo tal vez justifique su volumen, la mirada perdida

Una imagen remota o tal vez una picazón en el brazo

Algo que proporcione continuidad desde el desayuno


La mujer espera frente al edificio estatal

Las palomas dan saltitos sobre el mensaje


La sentimental hora del almuerzo no perdona

Las ventanas horrorosas arriba


Una señora con pantys arrugadas en los tobillos se expone para nosotros.


La memoria te parece un hábito estrafalario

O al menos moralizante



















Incendios Pinochetistas




Dos


La lluvia golpea el techo de nuestra casa con inhumano aburrimiento

Daniela juega con el teléfono celular abandonada en posición fetal sobre el sillón

canta una canción que la protege poderosamente

yo estoy cómodo mirando el cielo reventado



























Canción cruel


el viento agita el follaje de los árboles como un niño intenta despertar el cadáver de su hermano

en la calle un tipo se rasca el costado bajo un sol que no comprende ningún gesto de la vida

ahí se escuchan otra vez las sirenas y esa canción cruel que se pasea entre los desalmados jardines de mis vecinos como una vieja y vulgar mascota





























Niña solar


Niña solar no te despidas

En el borde de la piscina


el agua pensativa de la tarde

el agua oscurecida


Algo tienes entre los dedos

Algo miras en secreto

Una hebra de hierba seca

Unas alitas tornasoladas


Un cielo rosa en las uñas

Un juego de luces minerales


Niña solar no te despidas


Con un granito de muerte en las manos

En una infeliz fotografía




















Una muerte muy política


La gente entraba ceremoniosa y sincera, era un velorio de pobres.

Las mujeres compañeras laboriosas y los hombres de sombrero, lejanos y humildes.

En su cabello no serpenteaba la cana ni en su cabeza el vacío tristón de las mujeres inútiles.

¡Qué gracia la de esta abuela negra y muerta que puso tan inquietos a los sobrinos cuando se acercaron a la cama de bronce!

Doña Clodomira había bautizado tres veces, de la frente a los pies, a toda la cabrería del cerro y a uno que otro hijo de marino, espantando la envidia de las comadres y la baba de los viejos cargosos.

El día anterior había encargado a su hija que le matara dos gallinas y le lavara la mano derecha, la señora era firme y no dio tiempo a réplicas: ¡Hay que saludarlo como corresponde, mija!

San Judas Tadeo era un santo, un amigo compadre de muchos años.

Cuando se la llevaron al cementerio de Playa Ancha, la casa se puso a bailar pues sin rezos no se quería quedar, hasta del gallinero las tablas querían saltar. Los ángeles la querían aunque a veces se ponían mandones.

Arriba la iban a recibir con silencio amoroso, aunque le enseñara a sus doce hijas a insultar al palto mañoso y obedeciera como una niña a la vidente doña Amalia, señora del cerro Esperanza con extraños dones de virgen.















El día joven tendrá su fin


El día joven tendrá su fin

el negocio de sombras al mediodía

el metal de las risas y el camino

el árbol magnífico y señorial de la traición


sus mascotas trascendentales yacerán con la lengua seca en el jardín


las hormigas en la cama

y el lugar silencioso de las monedas en la pieza arrendada


El día joven tendrá su fin


El frío y los amigos en la tarde

desaparecidos en una ciudad inalcanzable

como una pandilla de infelices gorriones





















Incendios pinochetistas


Recuerdo un verano en que perseguimos incendios pinochetistas, quiero decir incendios quilpueínos que parecían universales el domingo por la tarde. Nos reuníamos bajo el sauce que había plantado mi abuela en tiempos que la población se componía de polvo y cabros chicos. El viaje nos resultaba irremediable entre los retazos de programas de televisión vagamente tristes que llegaban a nuestros oídos. El itinerario era inexistente y minucioso: una calle atónita, varada entre chalets regresivos y devotos, un pequeño bosque de eucaliptos soberbios entre los ultrajes y la basura, una escuela de ladrillo pintado, una cancha del hoyo, agrietada y semiredonda, un aromo tembloroso con enormes goterones de resina aterida como ojos de caballo.

No recuerdo niños, no recuerdo otros niños y no recuerdo otros pasos que no fueran los de algunos perros gastando las uñas en los peladeros o entre las ligustrinas de las plazas municipales, no recuerdo a nadie cuando alcanzábamos el final de las calles y nos internábamos por los lomajes cubiertos de pasto seco y espinos y algunos litres amontonados en grupo.

Y entonces aparecían las nubes de humo y fuego, amoratadas, frondosas, incontrolables, pero siempre demasiado lejanas, no importaba cuanto camináramos.

De vuelta en los blocks, a la hora de once, sentados a la mesa junto a nuestros padres, nuestra niñez habitaba en silencio el incendio distante.














No hay


No hay pedazos ni sangre

no hay cartas

y los poemas son ridículos o torvos como las miradas de los vivos


no hay preguntas en las grietas

no hay luz en las monedas

no hay dolor abandonado por el tiempo


no hay soledad

a veces hay ladridos como túneles




























Calle Sahagún


Todo parece haber estado ahí con ellas desde siempre,

incluso el paraguas que han venido a buscar a la pensión y que ahora sostienen como si hubiesen nacido con él adherido a las manos,

como si jamás hubieran tocado a un hombre o una mujer sin esa deformidad que ahora es útil para no desaparecer aquí en la calle,

no diluirse bajo esta lluvia tan suave y triste como la última,

porque todo en esa calle pobre parece haber estado ahí con ellas desde siempre.






























Podría ser Quilpué


bajo el sol desnudo del comienzo

la tierra seca y el país deshabitado

junto a unas rosas polvorientas y peligrosas a los pies del block 4

voy de la mano de mi madre

muy joven con el pelo desordenado y una polera a rayas

más seca y confiada que ahora

ella y yo sonriendo nítidamente en esa mañana desaparecida

mientras mi padre toma esa fotografía anaranjada

seguramente como me gustaba verlo

con la camisa afuera del pantalón

mostrándome sus dientes blancos y separados

un domingo rectangular con anchos bordes de dictadura.

























la calle vacía


La calle vacía observa con su ojo tarado de recién nacido.

La calle vacía se parece a nuestro secreto de cadáver sin centro,

el espanto de lo inanimado en la caída de lo que somos,

la presencia inútil de lo que alguna vez morirá en otro sitio.



































Te escucho


La casa está silenciosa pero te escucho detrás de los insectos y el frío

Te escucho aunque no dices nada como si estuvieras feliz o recordando uno de esos sueños incapaces de llevarte

No dices nada o miras fijamente en el suelo un pedacito de muerte olvidado por otra niña

No dices nada porque sonríes en otra parte

Contigo la única sangre que importa perdida en la noche


Detrás de los insectos y el frío


La casa está silenciosa y a veces creo que te escucho

Sonriendo y mirando a los ojos un secreto demasiado grande

Como si estuvieras feliz o recordando uno de esos sueños incapaces de llevarte

























la belleza


la belleza del agua aturdida en el vaso del velador

la luz sin justicia de la ampolleta




































En la hora fría


En la hora fría de las camas abiertas,

de los pantalones sobre las beatísimas sillas exactas,

nadie para mirar a las moscas devorando la luz de unos débiles libros sobre el velador.


En la hora tarada de los pasos en el techo y los helechos en su sitio acostumbrado,

en la hora de los gritos enviados como sueños,

Una canción por todos conocida avanza persiguiendo la tristeza de otro lugar.