Yo y el Estado hacemos lo nuestro en un lugar deslumbrante
una catástrofe
demasiado lenta,
pormenorizada
y camaleónica.
Yo y el Estado
trabajamos a los niños
los trabajamos
no trabajamos a las abuelas con la cara torcida
psicoseada
desconcertada
hemipléjica paridora de generaciones
lavandera bruta dale que dale sobre la espalda de la historia que es la espalda de la nada
no trabajamos tampoco la neblina fría y alcoholizada que avanza entre los pasajes que dejan las empalizadas de palos
los fogonazos azulados de los televisores en la quebrada hedionda y nativa
trabajamos a los niños no las garrapatas
trabajamos y no trabajamos mientras los pendejos apalean panales
descubren cadáveres en el cerro
y montan caballos estupefactos y raquíticos.
Yo y el Estado, eso sí, cada día trabajamos menos
O trabajamos lo mismo pero ya sin asomarnos al abismo
los basurales absolutos
Yo y el Estado hemos sido quebrados en el interrogatorio
¡No sabemos cuánto!
Me dice El Estado con tonito seductor o con tonito compungido
Lo cierto es que -continúa-
Hemos obtenido una vida radicalizada
La mejor flor de la estación
Yo y el Estado
Entablamos relaciones
Curiosamente personales
Con niños infractores del orden establecido
Somos los tíos de los cabros culiaos
Los adolescentes en riesgo
Terrible de VIVOS
Ay!
Los niños vulnerados
Angelitos endurecidos
De esa forma perversa
En que lo son las costras
Los goterones de savia
De los troncos heridos
Con cuchillas de monstruoso y siútico amor
yo y el Estado
nos damos cuenta eso sí
lo percibimos telúricamente
no somos extraterrestres
el Estado es raro, qué duda cabe
pero repito
nos damos cuenta
estamos con la mierda hasta el cuello
El Estado y los niños
son y no son lo mismo
una obscenidad por donde se la mire
Un desplazamiento fantástico y carnavalesco de sustancia humana
Un giro humorístico de lo peor
Por decir una brutalidad,
Por decir algo que se interne en la beatífica banalidad
El Estado y los niños
nutricionalmente hablando
Equivalen a una imperturbable caja de huevos
Pero los niños no han sido quebrados en interrogatorio alguno
Les han dado con todo
Pero no saben delatar
Ni siquiera a sus progenitores
¡Niño! ¡No se chupe los dedos caramba!
…vidriosos se pudren los padres y los abuelos
los hermanos encapuchados en la luz teatral del alumbrado público.
Los perros en cambio se desintegran en miles de pétalos iridiscentes
perros miserables superpuestos a la miseria
Un Estado de cosas en el aire
Un montaje
Yo y el Estado
Somos el horizonte y el porvenir devastados
una línea terminal de fuego y noche
donde se cofunden las pesadillas
del cielo y de la tierra
El Estado evacúa
al oído compartimentado
del ascensorista de la mole estatal
la orden trastocada
de la Oficina ministerial
la metropolitana
la chica y la más chica
la huacha
la bastarda
y la dura
De hacer bien las cosas
De hacer bien las cosas
De hacer bien las cosas
La política pública no encierra grandes misterios
El tiempo claro
Maricón delirante revolucionario
En cambio las intenciones
Circulares
De la oligarquía cascabelean en las aulas entumecidas por el sol de la mañana
Las metas son razonables
Los niños serán razonables
Los padres deberán tener la casa razonablemente limpia
Todas la camas hechas
otorga el puntaje necesario.
Antes de que el gallo cante tres veces
Los profesionales estarán merodeando por el barrio.
¿Qué es el mal?
Huachos culiaos
¿Qué es el mal?
Maracas flojas
¿gastronomía o electricidad?
No hay víctimas que se acumulen
en la fosa de la historia
sólo violencia in situ
sistemático frenesí
totalmente equipado
los victimarios estamos actuando
Que salga el mal
Que salga el mal
Que entre el bien
Como entró Jesús
A Jerusalén
Luego comenzaremos a bostezar y el mareo hará presa de nosotros
El niño no entenderá nada y tal vez se asuste
Tal vez no
La mano debe abarcar el cuerpo del angelito como un latigazo
A los niños obliga
La leche deshidratada
La vacuna bestial
De las madres
El turno
La ficha
La banquita de madera
De las masas escalofriantes en su número policial
el látex incorruptible
la mensual
De la salud pública
El deseo pediculoso
La puntita
La putita
El moquillo de los moquillentos
De los no deseados
La meta
La epidemia
La bonificación funcionaria vital
No mire al niño demasiado
No lo siente en sus rodillas
No lo bese en la boca
No toque sus genitales
Aunque sea con el más suave Confort
No le haga cosquillas
No le limpie el ombligo
No le rasque la espalda
No lo acaricie en sus partes más sensibles
No se acueste con el enemigo
Oféndalo
compárelo maliciosamente
péguele de vez en cuando
abandónelo
rechácelo
enciérrelo
arrójelo a la oscuridad
prohíbale la amistad
el cariño de los suyos
neutralice el carisma incomparable del pequeño dios
Está flaca la cabra señor juez
Llena de cicatrices la perrita
Catorce por cada añito de cachondeo
Demasiado linda para ser tan choriza
La pobreza es machista usía
La joven ha sido desalmada
Es todo cuanto podemos informar.
A pesar de las prácticas
de tortura y aniquilamiento,
físicas y morales,
perpetradas
por todos y cada uno
de los adultos significativos
del núcleo familiar
Los niños cantan choros en la pichanga interminable
Niña de Matadero
lauchita
piojenta
obscena muñequita entre filosos dedos transeúntes
lluviosa
viciosa
roída
detrás de los quioscos
arrasada en el sombrío laberinto de los estacionamientos
niña
Nos perderemos
Acumulándote en la cabellera tiesa
En los pies congelados
En las uñas duras y ajenas
Nos perderemos
Los papitos de la calle
Acumulándote miseria
nos perderemos
Nunca se sabe
No tuviste visita
Nadie te vino a ver
No tienes calsones
no tienes toallas higiénicas
no tienes shampú
El frío del patio te cala los huesos y percibes o crees percibir un olor asqueroso que sale de tus pies
Las piezas del módulo están cerradas así que te cortas en el baño
Primero los brazos
Después piden las piernas
No puedes parar sino hasta que tu mano pierde fuerza y el cuchillo recupera su miseria en las baldosas encharcadas
El odio se aburre
La tristeza reemplaza el aire
Y revientas blandamente
El domingo tal vez la puta culiá de tu mamá venga a verte
Nunca se sabe
Los más hermosos
perdidos siempre estarán los educados niños,
los niños admirados,
los más hermosos niños del profesor,
angelitos accidentados, embarrados,
figuritas rotas sobre el mantel
los buenos niños envilecidos
deseados niños
perdidos estarán
asustados en las calles
confiando al atardecer
recordando al atardecer
la mejor aventura del block
las nueces y los higos de la abuela
los ciruelos en flor y un perro simpático
que cualquier día soleado desapareció
Un rotweiller bajo la lluvia
un rotweiller bajo la lluvia
un jardincito encementado para ubicar los cuerpos
dos televisores negros en dos habitaciones blanqueadas
dos niños crepusculares con la lengua verde o roja
una calle trastocada en economía de guerra
un gomero
un cielo de cartulina para los hombres semioscuros
Dedicatoria
Se arrugan las pantys de esa señora en los tobillos
Podría ser el candoroso gesto de una época
Algo tal vez justifique su volumen, la mirada perdida
Una imagen remota o tal vez una picazón en el brazo
Algo que proporcione continuidad desde el desayuno
La mujer espera frente al edificio estatal
Las palomas dan saltitos sobre el mensaje
La sentimental hora del almuerzo no perdona
Las ventanas horrorosas arriba
Una señora con pantys arrugadas en los tobillos se expone para nosotros.
La memoria te parece un hábito estrafalario
O al menos moralizante
Incendios Pinochetistas
Dos
La lluvia golpea el techo de nuestra casa con inhumano aburrimiento
Daniela juega con el teléfono celular abandonada en posición fetal sobre el sillón
canta una canción que la protege poderosamente
yo estoy cómodo mirando el cielo reventado
Canción cruel
el viento agita el follaje de los árboles como un niño intenta despertar el cadáver de su hermano
en la calle un tipo se rasca el costado bajo un sol que no comprende ningún gesto de la vida
ahí se escuchan otra vez las sirenas y esa canción cruel que se pasea entre los desalmados jardines de mis vecinos como una vieja y vulgar mascota
Niña solar
Niña solar no te despidas
En el borde de la piscina
el agua pensativa de la tarde
el agua oscurecida
Algo tienes entre los dedos
Algo miras en secreto
Una hebra de hierba seca
Unas alitas tornasoladas
Un cielo rosa en las uñas
Un juego de luces minerales
Niña solar no te despidas
Con un granito de muerte en las manos
En una infeliz fotografía
Una muerte muy política
La gente entraba ceremoniosa y sincera, era un velorio de pobres.
Las mujeres compañeras laboriosas y los hombres de sombrero, lejanos y humildes.
En su cabello no serpenteaba la cana ni en su cabeza el vacío tristón de las mujeres inútiles.
¡Qué gracia la de esta abuela negra y muerta que puso tan inquietos a los sobrinos cuando se acercaron a la cama de bronce!
Doña Clodomira había bautizado tres veces, de la frente a los pies, a toda la cabrería del cerro y a uno que otro hijo de marino, espantando la envidia de las comadres y la baba de los viejos cargosos.
El día anterior había encargado a su hija que le matara dos gallinas y le lavara la mano derecha, la señora era firme y no dio tiempo a réplicas: ¡Hay que saludarlo como corresponde, mija!
San Judas Tadeo era un santo, un amigo compadre de muchos años.
Cuando se la llevaron al cementerio de Playa Ancha, la casa se puso a bailar pues sin rezos no se quería quedar, hasta del gallinero las tablas querían saltar. Los ángeles la querían aunque a veces se ponían mandones.
Arriba la iban a recibir con silencio amoroso, aunque le enseñara a sus doce hijas a insultar al palto mañoso y obedeciera como una niña a la vidente doña Amalia, señora del cerro Esperanza con extraños dones de virgen.
El día joven tendrá su fin
El día joven tendrá su fin
el negocio de sombras al mediodía
el metal de las risas y el camino
el árbol magnífico y señorial de la traición
sus mascotas trascendentales yacerán con la lengua seca en el jardín
las hormigas en la cama
y el lugar silencioso de las monedas en la pieza arrendada
El día joven tendrá su fin
El frío y los amigos en la tarde
desaparecidos en una ciudad inalcanzable
como una pandilla de infelices gorriones
Incendios pinochetistas
Recuerdo un verano en que perseguimos incendios pinochetistas, quiero decir incendios quilpueínos que parecían universales el domingo por la tarde. Nos reuníamos bajo el sauce que había plantado mi abuela en tiempos que la población se componía de polvo y cabros chicos. El viaje nos resultaba irremediable entre los retazos de programas de televisión vagamente tristes que llegaban a nuestros oídos. El itinerario era inexistente y minucioso: una calle atónita, varada entre chalets regresivos y devotos, un pequeño bosque de eucaliptos soberbios entre los ultrajes y la basura, una escuela de ladrillo pintado, una cancha del hoyo, agrietada y semiredonda, un aromo tembloroso con enormes goterones de resina aterida como ojos de caballo.
No recuerdo niños, no recuerdo otros niños y no recuerdo otros pasos que no fueran los de algunos perros gastando las uñas en los peladeros o entre las ligustrinas de las plazas municipales, no recuerdo a nadie cuando alcanzábamos el final de las calles y nos internábamos por los lomajes cubiertos de pasto seco y espinos y algunos litres amontonados en grupo.
Y entonces aparecían las nubes de humo y fuego, amoratadas, frondosas, incontrolables, pero siempre demasiado lejanas, no importaba cuanto camináramos.
De vuelta en los blocks, a la hora de once, sentados a la mesa junto a nuestros padres, nuestra niñez habitaba en silencio el incendio distante.
No hay
No hay pedazos ni sangre
no hay cartas
y los poemas son ridículos o torvos como las miradas de los vivos
no hay preguntas en las grietas
no hay luz en las monedas
no hay dolor abandonado por el tiempo
no hay soledad
a veces hay ladridos como túneles
Calle Sahagún
Todo parece haber estado ahí con ellas desde siempre,
incluso el paraguas que han venido a buscar a la pensión y que ahora sostienen como si hubiesen nacido con él adherido a las manos,
como si jamás hubieran tocado a un hombre o una mujer sin esa deformidad que ahora es útil para no desaparecer aquí en la calle,
no diluirse bajo esta lluvia tan suave y triste como la última,
porque todo en esa calle pobre parece haber estado ahí con ellas desde siempre.
Podría ser Quilpué
bajo el sol desnudo del comienzo
la tierra seca y el país deshabitado
junto a unas rosas polvorientas y peligrosas a los pies del block 4
voy de la mano de mi madre
muy joven con el pelo desordenado y una polera a rayas
más seca y confiada que ahora
ella y yo sonriendo nítidamente en esa mañana desaparecida
mientras mi padre toma esa fotografía anaranjada
seguramente como me gustaba verlo
con la camisa afuera del pantalón
mostrándome sus dientes blancos y separados
un domingo rectangular con anchos bordes de dictadura.
la calle vacía
La calle vacía observa con su ojo tarado de recién nacido.
La calle vacía se parece a nuestro secreto de cadáver sin centro,
el espanto de lo inanimado en la caída de lo que somos,
la presencia inútil de lo que alguna vez morirá en otro sitio.
Te escucho
La casa está silenciosa pero te escucho detrás de los insectos y el frío
Te escucho aunque no dices nada como si estuvieras feliz o recordando uno de esos sueños incapaces de llevarte
No dices nada o miras fijamente en el suelo un pedacito de muerte olvidado por otra niña
No dices nada porque sonríes en otra parte
Contigo la única sangre que importa perdida en la noche
Detrás de los insectos y el frío
La casa está silenciosa y a veces creo que te escucho
Sonriendo y mirando a los ojos un secreto demasiado grande
Como si estuvieras feliz o recordando uno de esos sueños incapaces de llevarte
la belleza
la belleza del agua aturdida en el vaso del velador
la luz sin justicia de la ampolleta
En la hora fría
En la hora fría de las camas abiertas,
de los pantalones sobre las beatísimas sillas exactas,
nadie para mirar a las moscas devorando la luz de unos débiles libros sobre el velador.
En la hora tarada de los pasos en el techo y los helechos en su sitio acostumbrado,
en la hora de los gritos enviados como sueños,
Una canción por todos conocida avanza persiguiendo la tristeza de otro lugar.